Acerca del autor
Querido lector:
En primer lugar, quiero agradecerte tu interés por Las Aventuras de Pitu y Guille, una colección de cuentos que nació de una experiencia familiar muy especial y que, con el tiempo, se ha convertido también en una propuesta para fomentar la lectura entre los niños.
Soy padre de cuatro hijos y el tercero de siete hermanos (¡no puedo negar que me gustan las familias numerosas!). Ingeniero de profesión y músico por afición, he desarrollado buena parte de mi carrera profesional en la dirección de empresas tecnológicas, siempre muy enfocado en la innovación.
Soy de los que piensan que la lectura es una de las mejores herramientas que podemos ofrecer a nuestros hijos para desarrollar su imaginación, enriquecer su lenguaje y aprender a pensar por sí mismos.
Pero, sobre todo, creo que para despertar el hábito lector hay algo imprescindible: conseguir que los niños disfruten con las historias y quieran seguir leyendo.
Y precisamente así nació esta colección.
De los cuentos de los hermanos Grimm a Pitu y Guille
Cuando mis dos hijos mayores eran pequeños, acostumbraba a leerles cuentos antes de acostarse. Teníamos una preciosa edición ilustrada de los hermanos Grimm, encuadernada en tela, que mi madre ya nos había leído a mis hermanos y a mí cuando éramos niños.
Años después, con mi tercer y cuarto hijo, recuperé aquella costumbre y aquel mismo libro, aunque esta vez suavizando sobre la marcha algunas historias que hoy me parecen de una crudeza considerable.
Y en esto estábamos cuando, de pronto, llegó la pandemia de COVID-19 y nos quedamos todos confinados en casa.
Durante los tediosos meses de confinamiento, una noche sí y otra también, seguía leyéndoles los mismos cuentos de los Grimm, hasta que un día mis hijos me pidieron nuevos relatos y decidí inventármelos.
Los comienzos fueron duros. Al principio necesitaba cinco o diez minutos para planificar un poco la historia, mientras los peques, ya metidos en sus camitas, me presionaban para que empezase de una vez. Aquel sistema no era muy práctico: los niños se aburrían mientras yo seguía devanándome los sesos para idear un argumento. Así que un día me lancé a improvisar sobre la marcha, sin preparar nada. Empezaba directamente con «Había una vez…», sin saber qué vendría después: si una ballena que se quedaba varada en una playa o un niño que iba de excursión con su colegio y se perdía en el bosque.
Las primeras historias las contaba un poco a trompicones, pero, a medida que pasaban los días, fui adquiriendo cada vez mayor facilidad para improvisar las aventuras de los protagonistas. Algunas veces mis hijos me sugerían directamente el argumento: «Papá, cuéntanos un cuento de un coche que puede ir por el fondo del mar y encuentra un tesoro en un barco hundido», pero la mayor parte de las noches tenía que partir de una hoja en blanco.
Me sorprendió la rapidez con la que, incluso de adulto, se puede adquirir una nueva habilidad con esfuerzo y constancia, dos cualidades que, por desgracia, están poco valoradas en la sociedad actual.
El mejor jurado que podía tener
Al cabo de unos meses inventando dos nuevos relatos cada noche, había adquirido mucha práctica y los cuentos eran cada vez más fluidos. Cuando el argumento les interesaba, los peques se quedaban inmóviles, clavándome la mirada. Sin pestañear ni abrir la boca. Sin moverse ni un milímetro, siguiendo con toda su atención el desarrollo de la trama (algunas veces habría jurado que estaban conteniendo la respiración 😂). En cambio, en otras ocasiones el cuento les aburría y al poco se quejaban con un cruel «¡Jo, papá, qué rollo!». Este «feedback en tiempo real», como diríamos en mi sector profesional, me permitió ir tomando buena nota de los ingredientes que hacen que un cuento sea interesante y divertido.
Así, noche tras noche, durante aquellos años, mis hijos y yo fuimos creando numerosos relatos, salpicados de sus espontáneas intervenciones: a veces me interrogaban por los cabos sueltos que inevitablemente iba dejando para mantener el dinamismo de la historia; otras, sugerían cambios en la trama sobre la marcha, aportando ideas muy imaginativas.
Y así nació la colección Las Aventuras de Pitu y Guille, que recoge una selección de las historias que, en opinión de mis hijos, son las más entretenidas.
Los protagonistas de casi todos los cuentos son dos hermanos, Pitu y Guille, que viven muchas aventuras y se enfrentan a las situaciones difíciles con imaginación, confianza en sí mismos y fuerza de voluntad.
Para la edición de los cuentos, tengo la gran suerte de contar con la ayuda de mi hija mayor, una brillante periodista con gran vocación, que me ayuda a mejorar los textos, aportando fluidez y dinamismo a los relatos.
Las ilustraciones son obra de Irina Hirondelle, que ha dado vida con mucho cariño a Pitu, Guille y a los numerosos personajes y escenarios de sus aventuras. Sus dibujos aportan color, expresividad y un atractivo visual que complementa las historias y ayuda a los pequeños lectores a sumergirse en ellas.
He publicado los primeros veintidós cuentos y confío en seguir publicando muchos más (especialmente aquellos en los que mis hijos no pestañeaban y contenían la respiración).
De las historias familiares a un programa de fomento de la lectura
Con el tiempo comprendí que aquella experiencia podía tener una aplicación mucho más amplia.
Uno de los grandes retos de padres y docentes es conseguir que los niños desarrollen el hábito de leer por iniciativa propia. Y estoy convencido de que el primer paso no consiste en pedirles que lean más, sino en ofrecerles historias que realmente les apetezca leer.
Esa es la idea que inspira la colección: despertar la curiosidad de los niños, mantener su interés y estimular su deseo de continuar leyendo.
A partir de esta idea he desarrollado un programa de fomento de la lectura para Educación Primaria, basado en 19 cuentos ilustrados, que combina el placer de leer con actividades de comprensión lectora y recursos para los docentes.
El objetivo es sencillo: que los niños disfruten leyendo y que, al mismo tiempo, desarrollen su comprensión lectora, su vocabulario y su capacidad de reflexión.
Una última reflexión
Aquellas noches de cuentos durante la pandemia me enseñaron algo que sigo considerando esencial: los niños tienen una capacidad extraordinaria para imaginar, preguntar, relacionar ideas y encontrar soluciones sorprendentes. Las buenas historias alimentan esa capacidad. Les permiten descubrir otros mundos, ponerse en el lugar de los personajes, enfrentarse a dilemas y explorar situaciones que difícilmente encontrarían en su vida cotidiana.
Por eso me gustaría animar a padres y docentes a compartir con los niños el placer de la lectura, tanto en voz alta como de forma autónoma.
Y, sobre todo, a no olvidar algo muy sencillo: el mejor camino para conseguir que un niño quiera leer es lograr que disfrute leyendo.
Un cordial saludo,
José Naval